Todas las preguntas que tengo y no
hay un mapa que me indique la verdad.
¿Cómo llegar allí entonces?
¿Me moriré sabiendo o nadando a
metros de la orilla?
En el inicio del mundo. Allí está:
el afán de los seres por saber.
Saberlo todo, conocerlo todo, preverlo
todo, explicarlo todo.
Y en mí está también.
¿Cómo
puede abandonarse la lucha como yo lo hice?
¿Cómo
se puede huír así por el camino lateral?
¿Cómo
encontrarse con uno? Y… ¿cuándo, por fin?
¿Cómo
salir del miedo? ¿Cómo salir del hielo, del fuego, del enojo, del dolor?
¿Cómo
ser otros? ¿Cómo ser los otros? ¿Cómo entenderlos?
¿Cómo
ser nosotros? ¿Cómo entendernos? ¿Cómo disculparnos?
¿Cómo
ser buenos?
¿Qué
incidencia tiene en el mundo lo que deseamos, lo que sabemos, lo que ignoramos?
¿Cómo
amarte sin esperar de vos? ¿Cómo contarte? Todo el tiempo que está pasando
mientras sigo así: dejando que se vaya.
¿Cuál
va a ser el día en que pueda decirte la verdad? ¿Servirá para algo? ¿Será
tarde?
¿Cuánto duran los caprichos?
¿Cuánto tardan los velos en caer? ¿Quién
estará más cerca de la verdad?
¿Cuáles son las filosofías mejores,
los libros ciertos? ¿Los que juran que las luchas que no se abandonan o los que
predican la resignación? ¿Los de la sabiduría del desapego?
Y aún con todos lo velos de colores
que tapan la verdad algo se ve: hay un orden tras el caos que nos rige. Y no es
nuestro. No lo podremos conquistar. Pienso que… tal vez… todo debería volver a
comenzar de nuevo. Ser dado de nuevo.
Si sólo pudiera recordar el don, el
nacimiento; olvidar el desgaste, el trajín de la vida.
¿Cómo
olvidar las palabras que me hicieron ésta? ¿Cómo decirlas, llorarlas, sacármelas?
¿Cómo
ser valiente y desnudarme ante vos? ¿Cómo decirte todo; por dónde empezar?
Y, además, ¿para qué? ¿desde dónde
escucharías?
Pero por fin un milagro ocurre.
Aparece ese templo individual donde olvido todo, donde encuentro todo.
De a ratos no recuerdo tener la
llave del templo o conocer el camino que me lleva allí o tener un templo donde
no tengo nada, donde no quiero tener nada. Mucho menos razón.
Donde puedo dejar de reclamar lo
que el tiempo me ha confundido a creer que es mío: el orgullo, sobre todo. Un
templo donde puedo respirar y salir del tiempo; suspenderme, revelarme sin
furia contra la opción de arrastrarme con los días y caer. Envejecer.
Y allí, que no hay tiempo ¿qué fue lo
que creí que estuvo? ¿Qué pasado fue cierto? ¿Qué futuro me desvela? ¿Qué puede
doler? ¿Qué pregunta
entra donde no existe el tiempo?
Entra, solo, la certeza del silencio.